Por Emiliano Eandi

Raúl se apoya en su bastón y ve pasar a los jóvenes. Pero también se ve el mismo en esos rostros, aunque con más libertad. Ve su pasado de bombos y banderas desde su presente de bastón y lentes, pero con las convicciones intactas.

Es el miércoles de la soberanía. La concentración espera la orden de los organizadores que eufóricos pasan primero por las cámaras de TV y los micrófonos de Radio. Porque si no lo hacen, para algunos, nada pasó. En la vida hay que elegir. Y los que elegimos ir tendremos el privilegio de sentir que por unas horas la urbe se concentra en el bullicio que grita una causa: la derogación del Código de Faltas. Y con ella vienen flores, imanes, humos, letras, niños, artesanos, corrientes, militantes, barbas, calvos, rastas, aerosoles, musculosas, cicatrices, tatuajes, pieles…historias.

Una sirena empieza a sonar fuerte y parece encender la energía de aquell@s que conocen bien el sonido (y le temen). El “Bichi” Luque grita varias veces “Alerta! Alerta!” y la masa comienza a movilizarse mucho más lento que el viento, que a esa hora es fuerte y amenazante. Pero no tanto como la mirada de los uniformes que criminalizaron un estilo de vida apoyados en la repudiada normativa.

La marcha ya es fiesta. Los mortales que caminan por la vereda circunstancialmente no miran los mosaicos con sus auriculares al palo, sino que algunos se detienen a observar, a fotografiar, a preguntar, y se bajan a la calle. El paso es lento y alternado. A cada grito de “¡¡Vamooos!!” la movida gana unos metros. La diversidad eriza la piel. No es política, es el pueblo. Hay un niño de dos años que con esfuerzo levanta sus dedos en V y se deja fotografiar en los hombros de su padre. Otros fueron allí a jugar, con sus autitos de plásticos atado a los piolines. Hay remeras del Che, de Néstor, de Chávez; pero también hay de Callejeros, Los Redondos y La Mona. No hay algunos colores… están todos.

Luego de enterarme que Raúl no estaba de paso y es un antiguo militante, le pregunto ingenuamente si toda la vida lo hizo. “Y no… hubo un momento que no se podía” respondió mirándome a los ojos con una sonrisa que aún esconde cierto temor. “Estoy acá para pensar lo que pasa en la TV y en los diarios, esto antes no se podía y manipulaban verdades”, dijo Raúl y me resumió en esa frase libros enteros de antropología. “Hacete el boludo y dale charla a esa señora… haceme caso”, me aconseja.

Cuando estoy a punto de acercarme a ella, Liliana Olivero, la referente de Izquierda que denuncia el fraude electoral, la ve y conversa con ella un rato. Es Cristina. Se concentra poco en mis palabras porque esta buscando a su marido, hasta que sus ojos custodiados por unas ojeras cansadas me miran para decirme: “Estuve en Devoto cuatro años. Soy ex presa política y con suerte, porque todos mis compañeros están muertos”. El hombre al que espera fue secuestrado y privado de su libertad por siete años y el que le dio la vida, fusilado. “El gobierno provincial ha vuelto a instaurar el miedo y el neoliberalismo”, reclama.

Oscurece pero las luces esperanzadoras de las 15 mil almas no se apagan. La acción simbólica de elevar las banderas, todas al mismo tiempo y una atrás de otra, las une en el aire; las une una causa. Unos universitarios encienden la primera bengala y un hombre de cincuenta y pico con una chomba del Pirata y su bici al lado toma fotos con su teléfono. Su amigo viste más formal, con una de piqué color salmón. Me acerco. Alberto es otro experto militante vestido de civil cuyas lágrimas no tardan en invadir los ojos cuando escucha la marcha peronista versión batucada. “Esto es volver a vivir”, dice. “A los jóvenes lo único que los separa son los dirigentes políticos, esta marcha es espectacular”, opina Alberto.

La ciudad es un tapiz en blanco que se va llenando de frases. La historia se esta escribiendo y los pibes están gritando para se parte. La historia se pinta con aerosol.

Llegamos a la Plaza. Ícono universal de toda manifestación. El Colectivo Jovenes por Nuestros Derechos espera unos minutos para que llegue la caravana de zapatillas, ojotas, alpargatas y talones. En el escenario ya está el “Bichi” con la mamá de Facu y Jorgito Reyna. La lectura del documento que justifica la marcha es un grito desgarrador que pide un freno a la Córdoba que no para de reprimir.

Las sensaciones nos hacen retroceder a un pasillo oscuro en la historia nacional. Gritamos, hoy, en 2013, “¡Nunca Más!”. Cristina está parada frente al escenario y grita suave “presente” con los dedos en V respondiendo por cada cordobés desaparecido en democracia. Córdoba no aprende de los dolores del pasado. Ya lo dijo Deodoro Roca; los dolores que quedan, son las libertades que faltan.